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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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23 de junio de 2012

No podéis servir a dos señores


Publicado en Antena Misionera Blog

Hay una parábola oriental que es aleccionadora: “Un monje hindú, un sannyasi, había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto llega corriendo un habitante de la aldea y le dice: ‘¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la piedra preciosa!’. ‘¿Qué piedra?’, le pregunta el sannyasi. El aldeano contestó: ‘La otra noche se me apareció en sueños el Señor Shiva y me aseguró que si venía al anochecer a las afueras de la aldea, encontraría a un sannyasi que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre. El sannyasi rebuscó despacio en su bolsa y sacó una piedra.
‘Probablemente se refería a ésta, dijo mientras entregaba la piedra al aldeano. La encontré en un sendero del bosque hace unos días. Por supuesto que puedes quedarte con ella’. El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante! Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano de un hombre. El aldeano tomó el diamante y se marchó. Pasó la noche dando vueltas en la cama, incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue a despertar al sannyasi y le dijo: ‘Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante”‘.

“Poderoso caballero es don dinero”, afirma el dicho español. En efecto, parece que es la llave maestra que abre casi todas las puertas. Sin embargo, no es así. Los bienes más importantes no se compran con dinero. Con dinero se puede comprar un chalet, pero no un hogar ni una familia en armonía; se puede comprar a un juez, pero no la paz de conciencia; se puede garantizar el porvenir de una vejez, pero no el porvenir eterno; se pueden lograr viajes, fiestas y bienes de consumo, pero no se puede lograr la alegría interior que nace del sentido de la vida.

No podéis servir a dos señores

Jesús al explicar las bienaventuranzas es bien claro: “No podéis servir a dos señores. No podéis servir a Dios y al dinero”. No quiere decir que usar el dinero sea idolatría. Lo que nos destroza es convertirnos en esclavos del dinero, porque esa actitud está manifestando nuestro apego a todo aquello que podemos adquirir con él. Dios no puede querer de mí nada para Él. Lo único que espera de mí es que sea yo.

Se trata de elegir quién es nuestro Dios, en quién des­cansa nuestra seguridad, en quién depositamos nuestra con­fianza.

Los demonios de la economía

El primero es, tal vez, el rendimiento. Durante muchos años, los seres humanos han tenido el sentido común suficiente como para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre y satisfactoria. El capitalismo moderno, por el contrario, elevó el trabajo a «sentido de la vida». A B. Franklin se le atribuye la famosa frase «el tiempo es oro». Quien no lo aprovecha para ganar, está perdiendo su vida. , pero, ¿vive la gente más feliz?

El segundo demonio sería la obsesión por acumular dinero. Todos sabemos que el dinero comenzó siendo un medio inteligente para medir el valor de las cosas y facilitar los intercambios. Hoy, sin embargo, «hacer dinero» es para muchos una especie de deber. Es difícil llegar a «ser alguien» si no se tiene dinero y poder económico.

Muy emparentado con este último demonio está el de la competencia. Lo decisivo para bastantes es competir y luchar para superar a los demás rivales. Es innegable que una «sana dosis» de competitividad puede tener aspectos beneficiosos, pero cuando una sociedad funciona motivada casi exclusivamente por la rivalidad, las personas corren el riesgo de deshumanizarse, pues la vida termina siendo una carrera donde lo importante es tener más éxito que los demás.

La cultura de lo efímero

Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es la aparición constante de nuevos productos en el mercado. La competencia fuerza a los fabricantes a inundar la sociedad de artículos siempre nuevos. Ya no interesa elaborar productos que duren. Es más rentable fabricar objetos efímeros para introducir al poco tiempo modelos mejorados.

Vivimos envueltos en una cultura del «tírese después de usado». Todo tiende a ser efímero y transitorio. Una vez usado, hay que buscar el nuevo producto que lo sustituya.

Esta cultura puede estar configurando también nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, «se usa» a las personas y fácilmente se las desecha cuando ya no interesan.

El anuncio del Evangelio

Vivimos en un mundo inhumano, donde una minoría podemos comer todos los días y vivir en libertad.

La Iglesia no puede hoy anunciar el Evangelio sin desenmascarar toda esa inhumanidad, y sin plantear las preguntas que apenas nadie se quiere hacer:

¿Por qué hay personas que mueren de hambre, si Dios puso en nuestras manos una tierra que tiene recursos suficientes para todos? “

¿Por qué tenemos que ser competitivos antes que huma- nos? ¿Por qué la competitividad tiene que marcar las relaciones entre las personas y entre los pueblos, y no la solidaridad?

¿Por qué hemos de aceptar como algo lógico e inevitable un sistema económico que, para lograr el mayor bienestar de algunos, hunde a tantas víctimas en la pobreza y la marginación?

¿Por qué hemos de seguir alimentando el consumismo como «filosofía de la vida», si está provocando en nosotros una «espiral insaciable» de necesidades artificiales que nos va vaciando de espíritu y sensibilidad humanitaria?

¿Por qué hemos de seguir desarrollando el culto al dinero como el único dios que ofrece seguridad, poder y felicidad? ¿Es ésta, acaso, «la nueva religión», que hará progresar al hombre de hoy hacia niveles de mayor humanidad?

No son preguntas para otros. Cada uno las hemos de escuchar en nuestra conciencia como eco de aquellas palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al Dinero».

El sentido de mi vida

La pregunta fundamental que nos hace el Evangelio de hoy es sencilla: ¿Qué sentido o en ocupo mi vida: en satisfacer mis necesidades o en ser más humano?

Lo primero nos encierra en nosotros mismos, el ser humanos nos abre a las necesidades de los demás.

Los cristianos debemos luchar por una sociedad en la que lo principal no sea el dinero, sino la per­sona humana. Y es que el dinero es el rival de Dios por una razón muy sencilla: porque el dinero acumulado y mal repar­tido -el capital- es el enemigo del pueblo, es el enemigo del hombre. Y esto la historia, también la historia reciente, lo de­muestra claramente.
El resumen del mensaje de Jesús está en la última frase: no os preocupéis por el mañana, a cada día le basta su propio afán.