Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil
Muchas gracias a todos por su paciencia conmigo.

Después de varios años de sufrir una seria lesión en la espalda, lo que me impedía muchas veces estar ante el ordenador. Ahora, por fin, tras pasar por una importante operación, mientras me encuentro en plena convalecencia y larga recuperación, vuelvo a retomar las publicaciones, aunque pido disculpas si publico menos de lo que estaba acostumbrada.

Dios les bendiga.

María Beatriz

NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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3 de julio de 2012

San Juan 20, 24-29 “No seas incrédulo sino creyente”


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«Ahora crees, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!»
Compartiendo la Palabra
Por CELAM - CEBIPAL

El camino de la fe del Apóstol
San Juan 20, 24-29
“No seas incrédulo sino creyente”


Hoy celebramos la fiesta del apóstol Tomás. Es buena ocasión para tomar conciencia de que nuestra fe es apostólica. Con esto queremos decir la nuestra está cimentada sobre la fe pascual de los Doce.

Junto con ellos no sólo proclamamos la misma fe en Jesús como el Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación, sino que también recorremos el itinerario que los llevó a hacer esta proclamación. El camino de la fe de los apóstoles en los evangelios es modelo del que recorremos hoy. Para el evangelista Juan, por ejemplo, es claro que precisamente con esa finalidad se redactó el evangelio (ver 20,21: “para que creáis”).

En el evangelio de hoy, observando las huellas que dejó el proceso del apóstol Tomás, aprendemos cómo un discípulo llega a la fe, aun en medio de la sombra de la duda.

Acerca de Tomás, el evangelista Juan nos da algunos detalles de su identidad: su nombre propio, su pertenencia al grupo de los Doce y el sobrenombre con el cual lo llamaban cariñosamente dentro de la comunidad (=el “dídimo”, o sea, “el Mellizo”, Juan 11,16).

A lo largo del evangelio de Juan, el apóstol Tomás no es ningún desconocido, ya que aparece en tres momentos clave:
(1) En el relato de la resurrección de Lázaro es Tomás quien lidera al grupo miedoso para que siga a Jesús hasta Jerusalén: “vayamos también nosotros a morir con Él” (11,16).
(2) En la cena de despedida, Tomás tomó la palabra en nombre de toda la comunidad para preguntarle al Maestro: “¿Si no sabemos a dónde vas, cómo podremos saber el camino?”, a lo cual Jesús le responde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (14,5-6).

Notemos ahora cómo este discípulo, que tuvo el coraje de arriesgarse por le camino de la Cruz y comprendió que ésa era la vía para llegar al Padre, avanza progresivamente hacia la fe pascual mediante el encuentro vivo con el Maestro:
(1) La iniciativa parte del mismísimo Jesús: la fe es un don que proviene de Él, de su voluntad amorosa de que lo encontremos.
(2) Jesús se aparece el octavo día de la resurrección: la expresión nos recuerda las liturgias comunitarias de la Iglesia primitiva. El encuentro con Jesús está mediado tanto por la comunidad como por la disciplina de reunión periódica que genera lazos de unión a todos los niveles.
(3) El hecho que Jesús se coloque en medio de la comunidad, indica que Él es su centro, su Señor. Es en torno a Jesús que la comunidad dialoga, dinamiza su vida y organiza sus proyectos.
(4) En la comunidad resuena el kerigma (=proclamación) que anuncia la fe de la Iglesia: “Hemos visto al Señor”.
(5) La experiencia del Resucitado se realiza en el contacto con su misma realidad. Lo importante es que se “toquen” las cicatrices de la crucifixión (clavos, lanza), esto es, los signos de su amor, de su entrega por nosotros. Allí es donde el dolor ha sido vencido, estas heridas ahora están sanas.

Partiendo de la realidad de la Cruz, ahora tocada y experimentada en esta etapa que es la vida de la Iglesia, descubrimos al Señor vivo y proclamamos nuestra fe.

El camino de la fe de Tomás, quien pasa de incrédulo a creyente (20,29), debe movernos a revisar el camino de nuestra experiencia personal y comunitaria del Señor Jesús, a quien ya no vemos físicamente sino a quien hallamos precisamente como Señor Resucitado, a través de las mediaciones que el evangelio de hoy nos enseña.

En oración, sabiendo que este camino de la fe es nuestra mayor dicha (“Bienaventurados…”, 20,29), revivamos este evangelio y renovemos nuestra fe.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Cuáles son los tres momentos claves en los cuales aparece en el evangelio de Juan la figura del apóstol Tomás?, ¿Por qué los podemos considerar momentos claves?

2. En la vida de nuestra familia, de nuestro grupo, de nuestra comunidad, experimentamos momentos difíciles de lucha, de sufrimiento y aún de duda. ¿Ha crecido o ha disminuido nuestra fe?, ¿En qué hemos notado ese aumento o disminución?

3. Tomás pudo encontrarse con Jesús resucitado cuando se unió al grupo de los apóstoles. ¿Cuál es para mí el grupo/comunidad de referencia que me ofrece el Señor como mediación para encontrarme con Él?

“Si la mayor recompensa que me puede dar el uso de la palabra que me otorgaste, es usarla para servirte proclamando lo que eres: el Padre del Dios Hijo, Único engendrado, y demostrándolo a un mundo que lo ignora o al herético que lo niega.

Sí, realmente, lo declaro, es mi único deseo.

Necesito implorar en la oración la gracia de tu socorro y de tu misericordia, para que el Soplo de tu Espíritu infle las velas de nuestra fe tendidas hacia Ti”
(San Hilario de Poitiers).